Un ejercicio posible es éste: Agarrarse de un momento como si uno fuera un indio raquítico y el momento un toro. Uno se le bota encima no para agotarlo y sacarle todas sus fuerzas, sino para que él lo sacuda a uno un rato y haga que uno se agarre con tanta atención que no se acuerda de estar agarrado. Por eso no tenemos ninguna solución a la pregunta: ¿Cuándo se acaba la “canción”, o cuándo se convierte en otra o sigue siendo la misma? Cuando escucho las grabaciones de los toques siempre me vienen a la cabeza nombres de animales. Pienso que eso tiene que ver con la manera de ser de los animales, que es una manera de andar por ahí. A veces la música que estamos haciendo no va para ningún lado en especial, o consiste en una manera de quedarse en lo mismo – pero con un poquito de elegancia, como un gato a punto de quedarse dormido. Mejor dicho, reclutar las fuerzas del free-jazz para la causa de estar animal, vegetal y mineral como sonido producido bajo la impronta del robot-paisaje. Cuando se deja una nota pegada, luego se le pega otra, luego se cambia una de las dos por la de más arriba o la de más abajo, luego se mete una tercera y se regresa la nota cambiada a la posición original, etc., se genera una especie de campo de vibraciones sobre el que todo tipo de vibraciones pueden “caer” o “pasar”. Esto se ve especialmente en instrumentos como el órgano, el acordión y el harmonio, que en mi imaginación están relacionados con el asma, y de los cuales el moog es una especie de super-héroe. Cuando se hacen esos ejercicios sencillos de “respiración con notas” en el moog, se obtiene a través del campo de vibraciones una manera especial de escuchar y responder a los sonidos que están produciendo lo demás, que son pulsos o frases o bucles o lo que sea, como piedras o monstruos deformes que asoman la cabeza y desaparecen, o que acentúan o interrumpen o cancelan la respiración del moog. Esta es una de las maneras que tenemos de producir el “ruido sentimental”. Cuando lo vi tocando en vivo, me
pareció que Cecil Taylor hacía lo siguiente: terminaba
una frase con un movimiento de la cabeza o de la mano. La manera
que tiene de tocar es tan complicada y veloz que, realmente, yo no
habría podido decir que allí había una frase
si no fuera por ese remate exterior. Esa parte de la frase que no
se escucha y la remata es su hueco por el que, cuando sale a la superficie,
respira, como los mamíferos marinos. En nuestros ensayos algo
como una “frase” queda hecho cuando Pablo se cansa de
cascarle a la batería y se sale del cuarto. |